#45 Ejes hormonales.
¡EPA!
Esta noche ha sido rara. No sé qué habré soñado, pero me he despertado como si hubiera estado escuchando mi lista de Spotify toda la noche.
No recuerdo nada concreto, pero el cuerpo se me ha levantado bailón, con ganas de moverse aunque no hubiera música.
Esa energía inexplicable que no viene del café ni de dormir ocho horas (porque no las dormí). Y he estado así todo el día, con una especie de alegría sutil e injustificada, como si algo dentro de mí estuviera tarareando una melodía que la mente aún no ha alcanzado a descifrar. Hasta que me he dado cuenta de qué era.
Era el cuerpo.
El mío, el tuyo, el de todos.
Ese gran desconocido al que llevamos toda la vida tratando como una máquina... cuando en realidad se parece más a una orquesta. Compleja, temperamental, a veces descoordinada. Pero capaz de tocar una música perfecta cuando todo se alinea.
Esa música que sentimos cuando estamos bien, de verdad. Energía sin ansiedad, descanso sin culpa, claridad sin esfuerzo. Y sí, también es esa música que echamos de menos cuando todo dentro de nosotros desafina... sin que sepamos exactamente por qué.
Ya hemos hablado antes de que el cuerpo no funciona como una simple calculadora de calorías. Y si aún sigues persiguiendo esa fórmula matemática que promete resultados perfectos, tengo que decírtelo: estás persiguiendo un unicornio.
Lo que regula lo que sentimos, cómo respondemos, si ganamos músculo o acumulamos grasa, si dormimos profundamente o damos vueltas toda la noche, no son los números en un plato de comida. Son las señales invisibles que se envían unas a otras desde distintos rincones del cuerpo.
Son las hormonas, y el modo en que se comunican entre sí.
Imagina una orquesta sin director. El violín decide comenzar un solo. El tambor le responde con un redoble. La flauta entra a destiempo. El resultado es ruido, no música.
Eso es lo que pasa cuando tu sistema hormonal está desajustado.
Pero cuando ese director, el sistema neuroendocrino, toma la batuta y cada glándula se convierte en músico atento, entonces ocurre la magia.
La partitura que siguen se llama eje hormonal. Y cada eje es un canal de comunicación que empieza en lo más profundo del cerebro, en el hipotálamo, pasa por la hipófisis —ese pequeño pero poderoso centro de mando— y llega a una glándula específica como si fuera el destino final de una carta escrita con urgencia.
Hay tres grandes rutas por donde viaja esa correspondencia: la del estrés, la del metabolismo y la reproductiva.
Cada una con su propia historia, su tono, su tempo.
El cortisol, por ejemplo, es el tambor que te despierta cuando algo amenaza tu paz.
En su justa medida es necesario: te salva, te enfoca, te permite reaccionar.
Pero si nunca deja de sonar, termina por robarle el espacio a otros instrumentos: apaga la testosterona, frena la tiroides, consume tu energía como un fuego que no distingue entre leña y muebles.
Lo mismo pasa con el eje que regula tus hormonas sexuales. Si quieres ganar músculo, sentir deseo, motivarte a salir de la cama con propósito, necesitas que ese contrabajo llamado testosterona no esté desafinado.
¿Y cómo se afina?
Con descanso real, entrenamiento de fuerza, alimentos que nutran de verdad y no solo llenen.
Y sí, con grasa. Porque el cuerpo no fabrica hormonas con aire ni con batidos de proteína sin alma.
La tiroides, por su parte, es como ese metrónomo que marca el pulso de todo el sistema.
Si va lento, todo se enfría: metabolismo, ánimo, digestión.
Si va acelerado, sientes que la vida te arrastra sin respiro.
Y lo más curioso es que muchas veces no falla por sí sola. Falla porque otra parte del cuerpo le envió un mensaje equivocado. Porque el estrés le gritó más fuerte. Porque la dieta extrema le cortó las alas.
Nada en el cuerpo ocurre de forma aislada.
Como en una orquesta, cuando un instrumento desafina, todo se resiente.
Si el cortisol se eleva sin tregua, la testosterona se esconde y la tiroides susurra en vez de cantar.
Si hay mala nutrición o un entrenamiento que se parece más a un castigo que a un arte, el cuerpo decide priorizar la supervivencia y pone en pausa todo lo que no sea urgente: la fertilidad, el crecimiento muscular, incluso el deseo.
Y por si fuera poco, esta orquesta sigue un horario.
Hay momentos del día en que ciertos instrumentos toman protagonismo.
El amanecer, por ejemplo, está escrito para el tambor del cortisol. Por eso te sientes más alerta al despertar, o deberías.
Al mediodía, la digestión afina su canto.
Y hacia la tarde, cuando el cuerpo ya ha calentado, es el momento ideal para la acción, para el movimiento.
Por la noche, sin embargo, entra en escena la melatonina, que baja el telón y apaga los focos para que comience el verdadero espectáculo: la reparación.
Y aquí es donde todo cobra sentido. Porque no se trata de buscar fórmulas mágicas. Se trata de entender qué canción quieres bailar, y ajustar el ritmo hormonal para que te acompañe. ¿Quieres perder grasa? Haz las paces con tu tiroides. ¿Ganar músculo? Cuida tu eje reproductivo. ¿Tienes estrés crónico? Apaga los tambores por un rato. Respira. Duerme. Escucha.
Recuerda lo que decía Nietzsche: “Sin música, la vida sería un error”. Y yo añadiría: sin entender la música de tu cuerpo, la salud se convierte en una lotería.
Consejo no pedido de esta semana: escucha la música que está sonando en tu cuerpo. No la que quieres que suene, no la que te han dicho que debería sonar, sino la que realmente está sonando. Porque hay algo peor que estar desafinado, y es estar completamente fuera de ritmo.
Imagina esto: tu cuerpo está tocando una balada suave, íntima, casi en susurros... y tú ahí, dándolo todo con un rock and roll como si fueras Elvis reencarnado en el salón de tu casa.
¿No te ves ridículo?
Porque desde fuera lo parece. Y desde dentro, tu cuerpo lo sabe. Sabe que estás acelerando cuando te pide pausa. Que estás exigiendo explosión cuando sólo tiene acordes lentos. Que estás bailando con furia cuando solo te pide que lo abraces.
Así que mi pregunta es esta: ¿qué música está sonando hoy en tu cuerpo? Y más importante aún: ¿la estás escuchando? ¿O estás ahí, rompiéndote los tobillos con un paso que no le corresponde?
Te leo!!
Siempre tuyo,
Trina



